Hace calor, hace sol, el verano se apodera de Caracas. Para mi las horas pasan lento y la anticipación del lunes se hace asfixiante, sofocante; desde niña en este día siento que las horas se me extinguen, la impotencia se me metía por las ventanas, sin que yo pueda detenerla o siquiera aceptarla. Ninguna tarea me generaba interés, ni las series de televisión, ni la cocina, ni menos descansar en mi cama, vagando entre los periódicos y los libros, los discos y la radio. Con la rara excepción por supuesto de un día de playa.
Hasta este domingo! que el cielo se vió distinto o mis ojos amanecieron diferentes, a pesar del calor yque lashoras se escapaban con la misma rapidez de todas las semanas, sentí algo nuevo. Un deseo de estar afuera de salir y de permitirme descubrir un mundo en la calle, que me es extraño.
Así, cinco y media de la tarde, ropa de correr, me despido de mi amorcito y me hecho a andar. La cantidad de gente me sorprende, mucha, mucha gente camina por el bulevard, se pará en los puestos y pregunta los precios. Artesanias más y menos originales, definen el camino para llegar a la Plaza de los Museos.

Me cruzó con malabaristas, punketos, hippies del tercer milenio, revolucionarios enamorados, familias con bicicletas, novios y enamorados, gente que pasea perros. Todos relajados, pero enfocados, tratando de agarrarse duro del día de descanso, guindados con fuerza haciendole contrapeso al segundero.

Un grupo de ska suena en el fondo, me da risa las paradojas de esta pequeña ciudad, la música seduce a propios y extraños y hasta los borrachitos bailan. Esta procesión desfila hacia el Parque, atraidos por su silencio, sus susurros, su risa y su verde: nos encontramos y nos sumergimos en el embrujo del parque

Y la vida hace uno de sus milagros, corremos, jugamos, todos juntos pero todos separados y el tiempo se detiene en que estamos dichosos, cada quien por su lado. Con este pequeño cambio, he transformado un domingo cualquiera en un día más parecido a la vida que me hace feliz.