Caracas no es muy grande! no demasiado, es por eso que la mayoría del tiempo tengo la sensación de vivir en un pequeño pueblo, apenas 8 minutos separan en carro mi casa de la oficina donde trabajo. Sin embargo, cada mañana ese pequeño pueblo se me hace más ajeno y psicotico, desmembrado e irreconocible.
Salgo de lo que en Venezuela se conoce como un Municipio (Alcaldía, Condado) el Municipio Libertador donde me rodean indigentes y buhoneros, kiosqueros y demás habitantes de las calles, alertas o drogados, empleados o desempleados de las calles; personas que llevan, sol, agua, humo, corneteo, escandalo y alboroto.
Y entro en el país de las maravillas donde todo se repara, se acomoda, se acicala y se ilumina infinitamente y me siento excluida y excluyente, armada del antifaz y las zapatillas amarillas que me permiten pasar sin pagar peaje.
En mi pueblo, vivimos de chismes y como dice el dicho hasta el cura es loco, y uno se hace el loco también. En mi pueblo se invade la parcela del vecino "porque el no la esta usando", se toma su agua, su carreta y hasta su vida si esto sirve a los propios fines prácticos.
En mi pueblo, se habla, eso si te tenemos, te hablamos, de lo propio y de lo ajeno de lo conocido y por conocer, por televisión, por radio, sabemos de todo y no sabemos de nada. Estamos encerrados mirandonos el ombligo, llenandonos cada vez más de rabia y de frustración, tratando de tomar lo que nos toca antes de que llega la hecatombe, el fin de los tiempos, que no saque de las calles y de nuestras casas, y de nuestro pueblo. Tristemente no importa cuan malo sea, es lo único que conocemos y no queremos salir.